Muevo mis brazos, camino descalza.
Siempre me estoy re-inventando.
No existe otro momento que este, aquí estoy caminando entre el pasto que siento florecer desde que nací.
Hija de poemas, pecas y de historias de campo.
Muevo mi cuerpo acompañando a las olas del mar que habita en mi, y en el nado hasta donde sea que me lleve su corriente.
No me ahogo, porque no dejo de moverme. Floto, respiro y siento. El agua fresca dibuja mi figura en el mar, la limita un simple silencio estático que contornea mi piel, y mientras me abraza con su miel de mar, voy sintiendo como me elevo.
Me conformo con pensar que nada es casual, y que las miradas dicen más que las palabras. Pero escribo. Escribo más de lo que siento, y menos de lo que pienso.
Algunas veces volví a nacer y otras tantas me dejé morir. Pues, el ciclo constante de ser, habitarse y honrarse es algo que no me da tiempo a cuestionar, sino que a sentir.
Tortuga que locura, un paso lento… dos y tres, aquí me despierto para bailar contigo otra vez.
No son poemas, ni son versos. Son los latidos de un alma que está yendo.
Hija del viento, del pasto y quien sabe cuál será tu siguiente puerto.


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