Cualquier similitud con la realidad, es pura coincidencia.
Es que cuando se ataba el pelo con un lápiz, sabía que algo venía que no se podía detener. La vorágine de esta vida muchas veces hacía que todo lo que empezaba quedara truncado. Es que además se había dado cuenta de que le estaba automáticamente echando la culpa al maldito tiempo que pasaba, cuando en realidad era ella quien se detenía con la excusa de que la escalera de prioridades había dejado esta tarea como en un quinto escalón, y seguía bajando.
Es fácil quedarse en esa excusa cuando solamente te interesa la adrenalina de comenzar algo y luego te frena el inmenso miedo de lo que, si bien puede ser desconocido, termina siendo al principio un camino en el que ya habías embarcado. Y se la pasa hablando de profetas, y caricias al aire, pero al final estaba paralizada. Parada frente a todo, paralizada. Estática.
Dejó que el pelo se cayera lentamente, dejando que el lápiz se deslizara entre su cuello y así por detrás de su espalda lo sintió caer. –«¡Ves! Así tienes que hacer, dejar que las cosas pasen» – no quiero – pensé, ay, otra excusa que se me viene a la mente cuando algo me dice que debo avanzar.
Tantas veces empecé a escribir este cuento, que ya no sé por dónde más cabalgar. Es que sí, se te pincha el globo. Tanto de ir y volver, experiencias, personas, crecimiento, se pincha. El globo se-pin-cha.
Qué fácil es dejarle todas las culpas a todo lo externo y quedarte cómoda mirando cómo pasan las cosas, ¿no? – «¡Dale! ¡Sigue el cuento, ¿Qué viene ahora?»…
Silencio. Aire frío de otoño.
…Silencio.
Me volví a enroscar el pelo con un lápiz, pero esta vez no es en tercera persona, estoy yo sentada frente a mis pensamientos, mirándolos y ordenándolos, es que en realidad siempre uno sabe lo que pasa, lo que sucede es que no nos atrevemos a simplemente apreciarla, y a reconocerla. Está ahí.
Es que se te pincha el globo, volví a pensar. Y las ideas se enroscan un poco más, y queda más apretado el nudo esta vez para poder desembocar el pensamiento y las cosas que quiero decir, entonces cierro los ojos y escribiendo en el silencio me doy cuenta de que si no miro todo fluye mejor, y es que no veo ninguna de las condicionantes que siempre coloco para obstaculizar mi camino, y no quiero sentir que yo misma me estoy generando boicot… pero cuando menos logro aceptar las cosas, más se entreveran las letras.
Estoy aquí, a mi lado, rodeándome encuentro el silencio de una naturaleza sabia que me nutre y brota por cada partecita. Estoy sintiendo mis pies amando el camino y por tantas veces que no quise animarme, me animo. Es que tantas fueron las veces que creí estar siendo aventurera, en realidad solo estaba tomando caminos impulsivos para poder seguir adelante con alguna nueva fórmula de ser libre. Eligiendo, siempre eligiendo. Y es que a veces no tenemos que elegir nada, simplemente tenemos que aceptar las cosas como son, dejar que fluya la emoción por el cuerpo y se transforme en palabra, que le genere ese peso de razón y actuar.
Entonces ahí estaba, con su pelo ya dispuesto, sus nudos, pero ella más acomodada en la pequeña instancia de reconocimiento.
Un cuento, un poema, una novela, una historia. Un recordatorio, un evento, un cuento otra vez. Todo al final se iba en sus palabras que dejaba que bailaran lo que quisieran contar.
Y lo contará.

