Llego sin más que sombras vagas en la mente, dejando que mis pies sigan el sendero que se abre solo ante ellos, como si fuera inevitable caminarlo. A veces me pregunto, ¿por qué insisto en transitar estos mismos paisajes, que no me llevan a ninguna parte y, sin embargo, me guían siempre al mismo destino?
Nunca me acostumbré al gris de lo constante, a la serenidad de lo seguro. Mi esencia pide siempre más: descubrir, desafiar, avanzar. He aprendido que caer es el preludio de volar, que solo en las caídas encuentro mi fuerza. La primavera sopla y borra las marcas del tiempo, como si cada estación me regalara un nuevo comienzo.
Y ahí estás, observando desde lejos, confundido quizás por el brillo que te rodea. Ya no miras con la inocencia de antaño, ahora todo te abruma, todo te ciega. Puedo sentir tu ira latente, esa frustración que no comprendo pero que acompaño en silencio. Sin embargo, mis pies ya no caminan junto a los tuyos.
El cielo despejado me guía, mis ojos se oxigenan, y mi piel se hunde en un mar de recuerdos y caricias ausentes. Todo, al final, es una metáfora, una ilusión que se disipa con el viento. Nada de esto es real, o tal vez sí… tal vez solo en los ecos de lo que fuiste puedas descubrir que aún lo haces.
¿Será que las sombras que te siguen son solo reflejos de lo que no pudiste dejar atrás? ¿O es el viento el que, en su paso, te susurra lo que siempre has temido escuchar?
