Así cómo cuando estamos con los pies en la arena, viendo cómo el agüita del océano parece jugar contigo, va y viene, te toca y te deja… vuelve y se lleva un poco de arena, de esa que está debajo de tus pies. Te vas hundiendo poco a poco, pero estás ahí, disfrutando del silencio y el armonioso sonido que lo detiene, ese el de las olas que golpean la orilla.
No tengo muy en claro si está la luna, o el sol se está poniendo. Pero lo que sí se, es que ese instante es perfecto. Respiras hondo y todo tu cuerpo está ahí, contigo, acompañándote.
Así me gustaría que todos nos viéramos, y sinceramente, siéntanos todos. Aunque sea por un momento. Un momento refrescante, que reinicia y nos hace volver a nuestro lugar. Ese que nos pertenece y se diversifica acompañando nuestro crecimiento.
Hay momentos que se nos escapan entre los dedos, y otros que al mismo tiempo se detienen y suceden en cámara lenta, cómo una sonrisa que te mira a los ojos. Cómo un destello de pasos firmes que dejan a tu paso una estela que contagia y mueve. Hace un mimo, un eco.
Las olas son la respuesta al movimiento de muchos átomos que vienen y van en el océano. Mueven la arena, guían a sus peces. Es hermoso. ¿Acaso no es perfecto?
Y ahí me quedé otro ratito más, dejando que las olas y su baile me acaricien y me lleven, que por donde vayamos vamos a estar bien. Porque cuando la luna se va, viene el sol, y así vamos. Entre tantas lunas bailando en esta vida.
Vivir viviendo. Ser sonriendo.
