Aprendí
A darme la cabeza contra la pared 200 veces y no poder agujerearla.
A darme la cabeza 300 veces y que al fin entre algo de luz.
A disfrutar esa luz como si tuviera el sol entero en mis manos.
A dejar de llamarlo “darse la cabeza contra la pared”.
A disfrutar el camino, aunque me ponga ansiosa, muy ansiosa.
A saber, que esa luz que entró no va a evitar que se forme otra pared en algún momento.
Pero ahora sé que hay luz porque ya la vi.
Y creo en ella, pero, sobre todo, creo en mí.
A no pensar que soy mejor que nadie.
A no pensar que nadie es mejor que yo.
A ver la verdadera belleza de las personas.
A cuidar a mis verdaderos amigos.
A confiar.
A ponerme contenta por la felicidad de otros.
A que la felicidad es una elección, no un lugar a donde “se llega o no”:
Pero las metas si, y quiero llegar a las mías. Al menos saber que lo intenté.
Y a felicitarme.
Aprendí a reírme de mi.
Pero aprendí a no parar nunca.
A equivocarme. A arriesgarme.
A que me importe cada vez menos lo que digan los demás sobre mis cosas, pero no ser tan tonta como para tomar mal un consejo.
A que no todos van a opinar igual.
A que no todos les voy a gustar,
A quererme y querer, A cuidarme y cuidar. A defenderme.
A soltarte si me lastimas, aunque te quiera.
A darla una segunda oportunidad.
A no darte una tercera.
A hacer todo lo posible para no herir a nadie. A aceptar y saber pedir perdón si lo hago.
A no culparme tanto.
A que estoy viva |
