Se habían terminado las palabras, se habían agotado los verbos y las promesas. No quedaban más susurros a la medianoche, esos que antes servían de escudo contra el frío; ahora, el silencio era un muro infranqueable. Ya no sabía de paradojas ni mucho menos de magia; la fantasía se había retirado, dejando paso a una realidad cruda y sin adornos. Estaba todo tan calmo, en una quietud tan densa y absoluta, que ni la propia calma se atrevía a pasar mucho por allí, por miedo a quedar atrapada en ese vacío.
Recuerdo que había una pequeña sensación de ahogo, un nudo invisible que apretaba justo donde nace el aire. Todos los recuerdos y las situaciones donde alguna vez había pisado, con fuerza o con miedo, caían ahora como piedras sobre mi cuerpo. Sin saber con qué propósito, volvían a golpear la puerta de mi conciencia, instalándose allí, simplemente pensando, observándome. Eran como toneladas de hierro suspendidas por hilos finos, una gravedad insoportable que me llevaba inevitablemente hacia el suelo. De todas maneras, me quedaba en calma; ya había sido mucho el caminar, demasiadas las corridas contra la corriente y las batallas perdidas, como para estar ahora luchando contra lo que no se puede cambiar. Hay una rendición que se siente como paz, aunque sea una paz amarga.
Ya no podía reflexionar, ni buscarle un sentido al porqué, ni desglosar el qué. Nada. Me sentía absolutamente agotada de todo el camino de la vida, de cada paso dado y de cada rastro dejado atrás. De todo. Cansada hasta la médula, hasta donde el pensamiento se vuelve barro.
Mezclada con el entorno, saturada de ruidos internos, profundamente triste y sin la capacidad de volver a soñar, me hallaba perdida en un laberinto de ideas tan vacías como reales. Era el peso de estar ahí, enfrentándolo todo otra vez, con la certeza de que ese «todo» nunca se había ido realmente, y quizás nunca se vaya. Es la sombra que camina al lado, el eco que nunca termina de apagarse.
Es todo, y a la vez no es nada; es un fantasma que no tiene cuerpo pero que ocupa todo el espacio de la habitación. No existe en el presente, y al mismo tiempo está ahí, pasando una y otra vez en el pasado, marcando mis pasos con una tinta invisible y haciéndome sentir, en cada respiración, profundamente confundida.
Tortuga Rosada.

Deja un comentario