Te siento tan cerca, como la brisa que apenas roza la piel, pero siempre a un suspiro de distancia. Eres la sombra que sigue cada uno de mis pasos, esa presencia sutil que habita entre lo que podría ser y lo que jamás será. En cada rincón de mi pensamiento, te dibujo con los colores de un anhelo que no se atreve a revelarse, como si al nombrarte rompiera el hechizo que mantiene esta ilusión intacta.
Tu risa es un eco lejano, una melodía que conozco pero que nunca alcanzo a cantar, y, sin embargo, la llevo conmigo, vibrando en cada latido. Me encuentro observándote desde la distancia, como quien contempla una estrella que sabe que nunca podrá tocar, admirando su luz, pero siempre consciente de la lejanía infinita que nos separa.
Y así, cada día me deslizo entre los silencios, viviendo en un mundo de gestos y palabras que nunca se pronuncian, porque sé que lo que siento pertenece a esa tierra de lo inalcanzable, de lo eterno y efímero al mismo tiempo. Quisiera cerrar los ojos y olvidar que el destino ya nos ha trazado en caminos opuestos, pero aún en la oscuridad, tu recuerdo brilla.
Es un amor que no pide ser correspondido, que entiende su lugar en lo irreal. Pero, aun sabiendo todo esto, te amo en los márgenes de la realidad, en esa frontera delicada donde lo imposible se vuelve poesía, y tú, la inspiración de un verso que nunca tendrá final.
