El silencio de la noche se extiende como un lienzo oscuro, donde los pensamientos vagan libres, deslizándose por los rincones más secretos del alma. La luna, cómplice silenciosa, dibuja senderos en la penumbra, mientras mis suspiros se desvanecen, como sombras que se pierden en la brisa. Quisiera ser ese instante previo al amanecer, donde todo es quietud y promesa, pero también anhelo ser el calor que, al despuntar el día, acaricia la piel y se cuela entre los sueños.
En la cercanía se intuye una fusión, pero hay una distancia que se alarga, inquebrantable, como el horizonte entre la tierra y el cielo.
La noche se despliega con la elegancia de lo eterno, y en su abrazo, todo parece estar suspendido. La naturaleza, siempre en movimiento, me recuerda a veces la paradoja de lo que fluye sin avanzar. El viento, que acaricia las hojas con su susurro suave, se disuelve sin ser visto, como lo hacen los momentos que deseamos detener. Las estrellas, esparcidas en lo alto, parecen tan cercanas y, sin embargo, siguen siendo inalcanzables, destellos de un algo que brilla sin dejarse tocar. Como si en cada destello se escondiera una promesa que jamás termina de cumplirse.
Las horas del día pasan con la cadencia de un río que no se detiene, y cada amanecer trae consigo una encrucijada sutil. Las decisiones son como las hojas al viento: algunas caen sin ruido, otras giran en remolinos antes de tocar tierra. Y a veces, en ese ir y venir de los días, uno se pregunta si la dirección que toma es guiada por la luz de su propio ser, o si es simplemente el eco de una corriente invisible que nos arrastra suavemente. Tal vez somos como las olas, acercándonos siempre a la orilla, pero sin nunca llegar del todo.
Hay amores que no necesitan nombre, que habitan en los márgenes del tiempo como los reflejos de la luz en el agua al atardecer. Y la vida, con su misterio inquebrantable, sigue preguntándonos en voz baja: ¿somos nosotros quienes elegimos el sendero, o es el sendero el que, con delicadeza, nos va eligiendo a nosotros?
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