Siento, vivo & luego escribo.


La respuesta siempre estuvo ahí

La respuesta siempre estuvo ahí. Siempre está ahí.

La pregunta, en realidad, es otra: ¿estamos preparados para encontrarla?

Muchas veces atravesamos situaciones que son disruptivas, que abren caminos, que nos mueven todos los tableros y nos obligan a mirar aquello que veníamos evitando. Situaciones que nos hacen saber, aunque todavía no queramos admitirlo, que algo tiene que cambiar. Que no podemos seguir así. Que llegó el momento de tomar una decisión. Saber actuar a tiempo

Pero la verdadera cuestión es si estamos dispuestos a aceptar esa respuesta y, sobre todo, a accionar en cause a su revelación. A llevarla a la práctica. Porque encontrar la respuesta es una cosa; tener el coraje de hacer algo con ella es otra completamente distinta. Muy distinta.

Alguna vez hablé de actuar por defecto: entrar en un vaivén de decisiones y actitudes automatizadas, sostenidas por la costumbre, por el miedo o simplemente por comodidad. Y sí, esas formas de actuar pueden funcionar durante un tiempo. Nos permiten seguir, mantener cierta estabilidad, evitar preguntas incómodas.

Pero, siendo honestos, no siempre son saludables. Y mucho menos coherentes con quienes somos hoy. Que algo haya funcionado para un momento determinado no significa que siga siendo lo adecuado para el momento que estamos atravesando ahora. Somos personas. Y las personas crecen, cambian, migran, se transforman. Estamos en constante evolución. Lo que ayer nos hacía sentido puede dejar de hacerlo mañana. Lo que alguna vez necesitamos para sobrevivir puede convertirse, con el tiempo, en aquello que nos impide avanzar.

Entonces, ¿qué hacemos para acompañar esa evolución con acciones y hechos?

Quizás empezar por algo tan simple —y tan difícil— como reconocer la verdad.

Poner las cosas a la luz del día. Dejar de negociar con aquello que en el fondo ya sabemos. Mirarlo de frente, aunque incomode. Y después, darle para adelante.

Animarse.

Dar ese pasito.

Salir. Bailar. Cantar. Cerrar. Abrir. Decir que sí. Decir que no. Cambiar de dirección. Empezar de nuevo.

Porque a veces la respuesta no llega en forma de una gran revelación. A veces aparece en una sensación que insiste, en una conversación, en una puerta que se cierra, en una que se abre o simplemente en esa certeza silenciosa de que ya no podemos seguir siendo la misma persona en el mismo lugar.

Y quizás de eso se trata. No de encontrar todas las respuestas.

Sino de estar lo suficientemente despiertos para reconocerlas cuando aparecen y lo suficientemente valientes para hacer algo con ellas.

Porque al final, todo río encuentra su cauce.

La pregunta es si vamos a seguir dejándonos llevar por la corriente o si, esta vez, vamos a elegir hacia dónde queremos nadar.

Tortuga Rosada.