Siento, vivo & luego escribo.


La Raíz en la Piedra

Te volviste piedra, tallada a mano con paciencia y prudencia, como quien sabe que la eternidad se construye con golpes certeros y silencios largos. Desenvolviste todos mis secretos, uno a uno, quitando las capas de seda que protegían el abismo, y te llevaste la carne estremecida para dejar solo la esencia desnuda. Puliste mis sonrisas con la calma del que no tiene prisa, quitándoles el polvo de los años, hasta que brillaron bajo una luz que yo ya no recordaba.

Invierno. Frío. Humedad.

El aire se volvió denso, una cortina gris que nos aislaba del resto del mundo, donde el tiempo se detiene a mirar cómo el hielo se adueña de los bordes. Te volviste piedra, rígida y eterna, para convertirme en flor con raíces jugosas que beben de lo profundo, de lo que no se ve. Me envolviste con esa dureza tuya que extrañamente cobija, y tallaste mis heridas con fuego, quemando el dolor viejo para que la cicatriz fuera obra de arte.

Hubo un estruendo callado en esa fragua de piel y roca. Me hiciste entender que para florecer en el frío, primero hay que aprender la quietud del mineral, la resistencia de lo que no se quiebra aunque el viento sople con rabia. Y ahí, en ese abrazo que es refugio y es cimiento, nos quedamos.

Tortuga Rosada.



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